Per Aspera Ad Astra

Observación

Como corresponde a estas fechas, vamos a repasar el año que hemos dejado atrás.

Mientras comíamos las uvas de 2019, nadie hubiese sido capaz de imaginar la que nos esperaba durante el siguiente año. Si alguien hubiera predicho siquiera la mitad de las cosas que hemos vivido, nos habríamos meado encima… ¡de la risa!

“¡He visto el futuro y 2020 va a ser horrible! Surgirá una plaga que cambiará por completo el mundo, la gente tendrá que aislarse en sus casas y las calles estarán desiertas. Se suspenderán todos los acontecimientos deportivos y culturales. Cerrarán todas las empresas, comercios y hasta colegios. Los países cerrarán sus fronteras y mientras mueren miles de personas, muchos líderes negarán la realidad y la ciencia e incluso incitarán a ignorar a los expertos y organizar manifestaciones. No podremos acercarnos a nuestros seres queridos, tendremos que llevar mascarillas y haremos cola para comprar papel de WC…”

“Si claro… y Messi se irá del Barça, no te jode…”

Pero aunque, sobre el papel, 2020 ha sido demoledor, la gran mayoría de la gente con la que he hablado sobre este tema dice lo mismo; jamás lo hubiesen elegido voluntariamente, pero han sacado varias cosas buenas de este año y el balance es claramente positivo.

Por aclarar, que no quiero parecer insensible, evidentemente cada persona/sociedad ha sufrido el impacto de forma diferente y para aquellos que han perdido a un ser querido o su medio de vida por culpa del virus, la pandemia habrá sido lo peor que les ha pasado jamás.

Pero sospecho que mi reducida muestra se corresponde bastante con la opinión a nivel global. ¿Cómo puede ser? Resulta completamente antilógico alegrarse de haber pasado por una situación tan difícil y traumática.

La explicación es que este año nos ha re-enseñado la importante y dura lección que tan bien expresó Nietzsche: “Lo que no te mata, te hace más fuerte”.

Lección

Echar horas estudiando en el colegio, universidad, master u oposición, sudar en el gimnasio o entrenamiento, dedicar más tiempo, dinero y fuerza de voluntad a comer sano, invertir lo necesario para mantener una relación o afrontar el trauma de ponerle fin, los innumerables sacrificios que requiere llevar un negocio, pasar frustración y vergüenza al aprender un nuevo idioma, deporte o instrumento, superar la incertidumbre de cambiar de trabajo, ciudad o país, etc…

Todos hemos pasado por estas situaciones y otras mucho peores. Es una lección que ya deberíamos haber interiorizado porque es una parte clave de la experiencia humana. A lo largo de la historia, cada sociedad tenía algún tipo de rito de paso, a menudo extremadamente exigente, que marcaba en el momento en el que cada individuo dejaba de ser un niño para pasar a ser un adulto. Y siempre ha habido movimientos que ha sido muy conscientes de esta lección ( estoicos, ascetas) e incluso la han adoptado como modo de vida ( espartanos, monjes maratonianos).

Problema

El problema es que, a pesar de que somos criaturas antifrágiles[1], es decir que los cambios nos refuerzan, también tenemos un instinto de conservación muy arraigado que nos hace rehuir el peligro. Por eso resulta tan importante interiorizar esta lección, porque de lo contrario nos dejaremos llevar por la tendencia natural y nos quedaremos siempre en nuestro estanque pequeñito, cómodo y familiar.

Algunos países todavía tienen servicio militar obligatorio y uno de los principales argumentos a favor es que así se mantiene una sociedad con individuos más responsables.

Fuente: Wikipedia

Pero por lo general, en el mundo occidental hemos ido abandonando esta tradición. Esta lección tan importante se ha convertido en una experiencia individual que cada uno debe aprender por su cuenta, cómo y cuándo le surja en su vida. Personalmente, creo que en ese aspecto nos hemos pasado de rosca. Con la mejor intención de proteger a nuestros hijos, nos hemos ido al extremo contrario y les hemos privado de formas de ganarse la confianza en sí mismos.

No me cabe ninguna duda de que este es el motivo por el cual hoy en día estamos viendo un auge inmenso de experiencias en las que a priori uno nunca se metería voluntariamente, como los Escape Rooms, y sobre todo eventos que ponen a prueba nuestros límites. Empezó con los maratones populares y después se fue extendiendo a deportes tipo triatlón y su versión extrema Iron Man y ahora tenemos un boom absoluto de las carreras de obstáculos, tipo Spartan Race, Tough Mudder[2] y mil otras.

¿Por qué tanta gente busca pasarlo mal? Pues porque nuestro mundo actual lo hemos creado siguiendo a ciegas nuestro instinto de maximizar la seguridad, previsibilidad, confort, etc. y cada vez nos encontramos con menos retos, problemas e incluso dificultades.

No hay más que ver el marketing, es decir, cómo intentamos vender las cosas. ¿Podemos imaginar una campaña publicitaria así?:

  • La nueva tarifa QTDN de Vodaforange te garantiza 45 minutos de espera escuchando a Alex Ubago para hablar con atención al cliente.
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  • Sin aire acondicionado, elevalunas, radio ni limpiaparabrisas: Fordswagen 1960, pásate al vintage.

Claro que no, los argumentos que se utilizan para vender algo se basan en prometer la solución a un problema para facilitar una vida mejor, más sencilla, más cómoda.

Pero, aunque en muchos casos sea a nivel preconsciente, todos nos damos cuenta de que en realidad una vida sin problemas no es necesariamente mejor ni más feliz, como bien le explicó el mítico Agente Smith a Morfeo:

Hasta el 1:08. (Tengo que decir que me gusta un millón de veces más la voz de Hugo Weaving en la versión original. Por cierto que ese papel lo bordó excepto en una cosa y es que se le nota demasiado lo bien que se lo estaba pasando)

Obviamente nadie disfruta pagando la matriculación para aprender esta lección, viviendo el periodo de sufrimiento y aprendizaje, pero sí que apreciamos los beneficios que nos aporta el haberlo vivido, el expandir nuestros límites.

Además, esta idea no solo se aplica a nivel individual.

Padres (tutores de las siguientes generaciones)

Una de las principales responsabilidades de los padres es enseñar a los hijos esta lección antiintuitiva pero esencial. Conseguir que, mientras aún sean pequeñas esponjas, la aprendan ellos solos a base de no quitarles todos los obstáculos del camino para ahorrarles pasar situaciones difíciles[3].

Aquí el problema es que también para nosotros resulta antiintuitivo; nos saltan todas las alarmas al verles sufrir o ir directos hacia el peligro y resulta muy difícil no intervenir. Pero en esos momentos es justamente cuando tenemos que intentar recordar nuestras experiencias y escuchar al lado racional.

Gobiernos (tutores de la sociedad)

Subiendo un nivel de complejidad, los gobiernos deberían cumplir ese mismo papel con respecto al pueblo, puesto que deberían estar compuestos por las personas más experimentadas, informadas y racionales. Lamentablemente, en la mayoría de países la pandemia ha dejado indudablemente claro que esa es la última de sus prioridades. En lugar de obligar al pueblo a aprender la valiosa lección aplicando cuarentenas, mascarillas y demás medidas impopulares para contener el virus a tiempo, han seguido los instintos populistas e ignorado el problema hasta que ya era demasiado tarde.

Conclusión

Volviendo al tema inicial, todos deberíamos procurar recordar esta lección que nos ha refrescado la pandemia en 2020 para mejorar nuestras vidas en 2021. Haremos bien en recordar que los momentos difíciles son los que nos ayudan a crecer y nos hacen más fuertes. Si no queremos quedarnos para siempre en el status quo, debemos aceptar que hay que pasar por momentos difíciles. Claro que el periodo de sufrimiento en sí mismo es duro, pero lo que tenemos que recordar en esos instantes es que la dificultad pasa, mientras que el beneficio dura para siempre.

Y con esto hilamos el siguiente artículo, en el que hablaremos sobre una aplicación práctica de esta lección.

[1] Este concepto se basa en un libro de Nassim Taleb y se resume en que, ante una situación de estrés, hay cuatro respuestas posibles:

  • Fragilidad: verse dañado por los cambios. La peor situación posible.
  • Robustez: resistir los cambios. Mejor que la fragilidad.
  • Resiliencia: adaptarse a los cambios. También mejor que la fragilidad.
  • Antifragilidad: verse reforzado por los cambios. Lo ideal.

La principal conclusión a la que nos lleva este modelo mental es que privar a un sistema antifrágil de factores estresantes no tiene por qué ser beneficioso e incluso puede resultar perjudicial.

[2] Mi ejemplo personal: en 2018 corrí una de estas carreras y en el último obstáculo me rompí un dedo. Recuerdo perfectamente el momento de notar el dolor al bajarme de la cuerda, mirarme la mano y ver mi meñique doblado hacia atrás. Mes y pico de recuperación y se me ha quedado el dedo deforme y con movilidad reducida, pero aun así, me lo pasé de puta madre y volvería a apuntarme otra vez sin dudarlo.

[3] Uno de los temores más comunes es a hablar en público. ¡Hay gente que teme más hablar en público que a la propia muerte! Pero esto es una locura porque, aparte que hablar en público no conlleva ningún peligro real, encima se trata de una habilidad extremadamente útil. Una cosa que hacen muy bien en EE.UU. es que a los niños les hacen presentar en público desde muy pequeños, por ejemplo trayendo un objeto familiar y hablando a la clase sobre él. Para aquellos que tengan niños y no consigan vender la idea a sus profesores, sugiero un juego: escribimos varias tarjetas con diferentes temas, ellos eligen una al azar y tienen que hablar sobre ese tema durante 1 minuto. Esto también les enseña a improvisar. Obviamente, cuanto más público y menos familiar haya más efectivo será.

Publicado originalmente en http://pensamientospandemicos.wordpress.com el 13 de enero de 2021.

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www.pandemicponderings.wordpress.com

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